Es un día cualquiera de un mes cualquiera, no creo que importe demasiado, porque todos son igual de importantes, todos definen momentos de la misma vida.
La vida… qué larga, qué corta es la vida… infinita… ¿quién ha dicho que tiene fin?
Se me ocurre pensar en aquellos que nadie ve más que en fotografías, cuyo nombre aparece en el recuerdo amado de algunas personas, en la lápida de algún cementerio, y que, sin embargo, aunque se hayan ido, nunca se irán, porque lo bueno, los buenos, nunca se van, siempre se quedan. Y se quedan en el lugar donde se guardan los mayores tesoros, en el corazón, ése que no tiene memoria racional, y por eso nunca olvida, no puede, ¿cómo hacerlo?
Imposible olvidar si el corazón ya no es el que era al nacer, si a lo largo de la vida se van repartiendo pedacitos por el mundo, compartiendo el mismo corazón con aquellos que se cruzan en el camino; bonito intercambio, ¿verdad?
Repartir el corazón entre los seres amados, y entregar a cada uno un trocito diferente, de un tamaño diverso, de un color distinto, en función del tipo de amor, de las experiencias vividas, de los recuerdos conservados, pero siempre amor…
Y al final, el corazón se convierte en una amalgama colorida de cariño, donde amistades, hermandades, pasiones,… ocupan su lugar. Al final el corazón conserva pedazos de otros corazones, de otros cariños, a sabiendas de que sus pedazos también están repartidos por ahí, y por eso, donde hay un corazón que ama, nunca hay olvido, jamás.
Se acerca la hora de la cena, a ver si me levanto y vuelvo a casa.
¿Qué ceno hoy? No tengo mucha hambre…
Unas sopas de ajo, como las que cenaba mi abuela, y ahora que soy yo la abuela, también me gustan a mí…
Quien sabe si algún día, mi nieta también las coma como las como yo ahora.
Y luego a dormir, porque la vida, también tiene estas cosas.
Buenas noches.








