Navegando en la blancura

Paraje nevado de la antigua senda que unía los pueblos de Sabero y Cistierna.

Senda entre Sabero y Cistierna

  

En la lozana juventud de los abuelos de nuestra vida, no había coches ni autopistas, ni vacaciones en verano, televisión u ordenadores… en aquellos años que tanto dicen de quienes somos hoy en día, los caminos se recorrían a burra o a pie, a caballo o sobre un carro, y la gente vivía como siempre se había hecho, sobreviviendo invierno tras invierno en unos lares hermosos y duros como la propia vida ganadera.  

Hubo un tiempo en que los pueblos eran pequeñas ciudades plagadas de gentes e historias que entrelazaban las vidas de unos y otros, y los niños iban a la escuela con pantalones cortos de paño y calcetines largos en invierno, y las paisanas iban al rosario todas las tardes, a las cinco, con el manto de lana negra cubriendo su cabeza para protegerla del gélido viento helado que sopla Peñacorada…  

En la vida que vivieron los padres de nuestros padres, en la vida que vivieron los abuelos de nuestros abuelos, llegar al pueblo de al lado en pleno invierno, significaba caminar tres o cuatro, cinco o siete kilómetros a través del monte, por un camino cubierto por la inmensa capa de nieve acumulada, clavando las madreñas en la blanca espesura, escuchando el aullar de los lobos en una lejanía cercana, sin más comida que un pedazo de pan y… quién sabe, tal vez un trozo de chorizo, pero no siempre.  

Los tiempos han cambiado, la vida del campo y la montaña es ahora menos dura: ahora hay tractores y máquinas quitanieves, alimentos en conserva y buenos abrigos polares, la vida labriega y agricultora ha cambiado y ha perdido aquella áspera dureza que hacía doler, y con su pérdida se fue también la belleza de los paisajes que la sustentaban… ¿o tal vez no?  

Yo creo que no, porque todavía, más allá de los muros de las casas, hay un mar de blancas montañas bajo las que yace, inquieta y expectante, una primavera salvaje y brillante que espera tranquila, el momento de brotar desde el corazón de la tierra.

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11 comentarios so far »

  1. 1

    patrichueck said,

    Mi agradecimiento a Ricardo Alonso por la fotografía que ilustra el presente relato.

    Gracias, Ricardo.

  2. 2

    Ricardo Alonso said,

    Como siempre, super chulo el relato… Esperemos que los lectores se animen a visitar esta bella zona de la montaña oriental y descubrir sus encantos con y sin nieve…

    Felicidades Patricia:)

  3. 3

    Alejandro said,

    Me quedo con el último parrafo: “inquieta y expectante, una primavera salvaje y brillante que espera tranquila, el momento de brotar desde el corazón de la tierra”.

    Menos mal que estamos a punto de presenciar ese momento, porque, que triste, sola y fría se queda la montaña cuando el color verde desaparece… y que largo se hacen los inviernos… más en estas montañas desoladas y despobladas, casi, de vida humana.

    Lo dicho, esperemos que brote pronto esa primavera!

    Saludos

  4. 5

    Julián Martínez said,

    Palabras blancas, con mensaje eterno. Nos haces volver al carro, el burro, el desfiladero y la montaña. Y en medio, el ser humano que lucha en medio de las circunstancias que nos envía la madre naturaleza. ¡Qué bien vivimos ahora, si miramos atrás!.
    Un abrazo,
    Julián
    (Holanda)

  5. 6

    PEDRO GONZALEZ DIEZ said,

    Yo que he vivido la vida que tan gráficamente nos relatas, he sentido unas gratas rememoranzas, a pesar de las penalidades que nos tocaron pasar.

    Yo no lo sabría expresar así,parece que hubieses sido tú, la que paseases la ribera del Esla, CIFUENTES CISTIERNA, CIFUENTES ALMANZA, CIFUENTES MANSILLA, CIFUENTES LEÓN, CIFUENTES LA ERCINA,(sin carretera). Etcétera. Muchas gracias.

    Mi bisabuela Laura y tu tatarabuela Mª Manuela, eran hermanas. Tengo la genealogía del Álvarez que ellas tenían. Si tienes interés te lo paso.

    Para Cifuentes lo trajo, Tomás Álvarez de Santibáñez de Ordás, al lado de la Magdalena. Te animo a seguir con tus historias, que son las nuestras.

    Un beso muy fuerte de TERESA Y PEDRO.

  6. 8

    […] el calor, y llega el otoño que pronto deja paso a otra estación, el frío se acentúa y la nieve se hace dueña de un paisaje cubierto por ese azúcar glasé con sabor a […]

  7. 9

    […] el tiempo dos milenios atrás, encontramos en Peñacorada el hito suroeste de la antigua Cantabria, limitando con los astures y vacceos que poblaron su […]

  8. 10

    Santiago Alonso said,

    ANTE UN PAISAJE COMO ESTE, LAS PALABRAS NO SIRVEN PARA NADA.
    SOLO QUEDA ADMIRARLO Y QUEDARSE EMBOBADO

  9. 11

    […] Cada año regresa mi nieve, a mi montaña, a mis pueblos queridos del alma, a mis rincones y mis anhelos, cada año, vuelve don invierno, a vestir de nieve los dominios de la gran Cistierna. […]


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