Arintero y su dama

Mi mágico León: Arintero.

El hogar de la Dama

Enclavado entre montañas, al abrigo de la leyenda, está la estampa de un pueblo cuyo nombre despierta sensaciones, inquietudes, pensamientos recorriendo la mirada contemplativa de quien intenta imaginar cómo sería, cómo fue aquella realidad que ha alimentado la leyenda…

Corrieron tiempos nuevos en un mundo en el que todo era viejo, cuando la Edad Media vivía su camino al cercano Renacimiento, al que tanto costó renacer en las profundidades de una tierra, tan antigua como enraizada en tradiciones y costumbres, en la que los atisbos de modernidad fueron siempre impensables.

En las profundidades de la tierra leonesa, está la historia de tantas mujeres que abanderan la historia de una Dama hecha leyenda, al son del amor y el honor, entre el chirriar de una armadura que pudo oxidarse sobre el cuerpo discreto de una mujer, forjado a sangre y espada, a sudor y lágrimas; está la historia del valor y la superación, de la lucha y la perseverancia escondidas en lo profundo de una vida que resultó sorprendente.

Surca los siglos la historia de una hija que movió todo su mundo por honrar al corazón de su padre, apesadumbrado ante la ausencia de hijos varones que continuaran la tradición familiar de honrar al rey; mas el valor de una mujer, enfrentó el destino de su género y se hizo hueco entre las huestes masculinas, haciéndose pasar por uno de ellos.

Bajo la armadura de metal, y el aspecto tosco de varón, bajo aquel pecho comprimido que pasó desapercibido, se encontraba el corazón ardiente de una joven criada entre la ribera y la montaña, a la vera del Villarías, muy cerca del Curueño, cultivada a base de inviernos largos y veranos cortos, de nieves y noches al fuego de una hoguera, y así, con el paso de los años, tomó forma la Dama de Arintero, que en su aventura masculina enfrentó al enemigo, y nunca se rindió.

Mas en una de tantas batallas, después de la toma de Zamora, llegada a Toro, se enfrentó Juana, el Caballero Oliveros, la legendaria Dama de Arintero, a uno de los caballeros del rey de Portugal, y fue tal la dureza del golpe, que quedó roto el jubón que la cubría y apareció, ante el asombro de todos, el pecho desnudo de su cuerpo de mujer.

Al instante, el ambiente se llenó de voces alarmadas ante la presencia de una mujer entre las huestes.

Pronto se extendió el rumor y requirió su presencia el almirante de Castilla, a quien tuvo que dar cuenta de su historia. Y fue así como, admirado el rey ante tanta hazaña, perdonó a la dama.

De regreso a Arintero, muy cerca ya de su pequeña patria, fue abatida Juana, haciendo frente a quienes pretendían arrebatar los privilegios que el propio rey le había concedido.

Y allí quedó Arintero, esperando el regreso de aquella niña que vio convertirse en la mujer que, un día, llegó a ser la Dama de Arintero…

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