Posts tagged Castillo de Villapadierna

Hazañas acompañadas

Mi mágico León: castillo de Villapadierna. León.

Escudriñando ilusiones

Pasar por la carretera camino a Cistierna, y de pronto, sin esperarlo, mirando por la ventanilla, aparece la silueta de la torre de un castillo.

-“Tengo que ir”-, ir y caminar por lo que en otro tiempo fue una fortaleza inmersa en el siglo XV, y descubrir las estancias polvorientas y soleadas que a día de hoy se divisan haciendo uso de la imaginación.

Caminar por los senderos de los buenos ratos,  y encontrar esa luna brillante, callada, sonriente, contemplando tus hazañas aventureras, y aunque parezca que estás solo, no lo estás, porque siempre hay un corazón pensando en ti, cuidando de ti, con su cariño tranquilo y sincero; y a veces más de uno, o de dos, quién sabe.

Pasear ajeno a las prisas y los quehaceres cotidianos, donde solo la brisa que sopla Peñacorada te apura con esa frescura que a veces eriza la piel.

Pasear y meterte por donde nadie se mete, o casi nadie, porque siempre hay otro loco, otra loca, con la misma idea descabellada… ¿sintonía? ¿conexión? Será que las cosas no son tan difíciles como nos empeñamos en pensar, igual simplemente se trata de fluir, de dejarse llevar y salir de lo seguro para conquistar nuevos territorios.

Y mientras paseas y te planteas y replanteas lo que dudas y sabes, el astro rey empieza a retirarse hasta un nuevo amanecer; un amanecer, desde el que volver a iluminar, las tierras de Villapadierna.

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La silueta

Mi mágico León: castillo de Villapadierna en León. A los pies de la montaña oriental leonesa. León. Turismo rural y cultural.

Entre la nieve y la historia

Caminar por las calles, entre la gente, junto a multitud de cabezas pensantes, cada cual en su mundo, ajena al de los otros…

Gentes de diferentes alturas y tamaños, colores de piel, texturas, de ojos tristes y alegres, de tonos grises y azules, otros intensos y profundos, negros, marrones, verde oliva, como la tierra, como la miel, como la esperanza, como la historia.

Gentes, presentes y futuros diferentes, y quien sabe si un pasado similar, quizá compartido, quizá el mismo…

Desde cualquier ciudad a orillas del Mediterráneo, desde cualquier lugar bañado por el Atlántico, aunque se llame Cantábrico, desde el sitio más alejado de la Tierra, escondido en un presente teñido de razas, acentos, idiomas, colores y realidades diferentes, puede que haya la silueta de un castillo que, en algún momento, marcó su historia, la historia de quienes la vida ha ido diseminando por los más recónditos lugares del planeta…

Un siglo, dos, tres… generación tras generación, remontando el tiempo hasta la Baja Edad Media, encontramos una Europa muy distinta de la que se dibuja en la actualidad, poblada de hambrunas, de pestes, de sombras y algunas luces, de opulencia y abismales diferencias sociales, de palacios, castillos, chozas y cuevas…

Remontando los años contra el reloj, las piedras vuelven a alzarse y dibujar la silueta de un paisaje donde siervos y señores dominaban y eran dominados, donde la vida resultaba áspera, y fría, donde las clases nobles decidían sobre el destino de seres inocentes firmando su condena en forma de matrimonio, por o contra el deseo de los contrayentes, el matrimonio no era una opción, en todo caso, una obligación.

Una vida áspera y fría, difícilmente dulce, suave, tierna, pero, aunque difícil, también tierna, y amable, seguro que en alguna alcoba sencilla, las noches de pasión encendían el calor que la nieve negaba en el exterior, y los besos recorrían cada milímetro de piel, donde los labios se confunden con el amor…

Corría pleno siglo XV cuando Fabrice Enríquez, Almirante de Castilla, recibe Villapadierna de manos del rey Juan II y construye un castillo que pasaría al primer Duque de Alba por matrimonio con la hija del Almirante.

Un castillo gótico, en la hermosa ribera del caudaloso Esla, el Astura de los antiguos astures, de la legendaria Vadinia que el olvido no ha podido sepultar…

Un castillo a los pies de la montaña oriental, con su planta cuadrada, con su torre central y su muralla, adornado por los nidos de cigüeña que, en otros tiempos, no osaban acercarse a sus almenas. Un castillo con su foso lleno de agua, del Esla, ¿de dónde si no? Un auténtico castillo de novela, de leyendas y fantasías,… pero es real.

Y en tiempos lejanos, tras el castillo hubo una herrería: espadas, cuchillos, cascos para los caballos,… donde el hierro teñía su cuerpo de naranja incandescente, y de pronto, el agua terminaba la obra del maestro del metal.

Una brisa suave me despierta de una ensoñación fantástica y me trae de nuevo a esta curiosa realidad, increíble y absolutamente inconcebible para aquellos que moraron tiempos pasados, para aquellos que vivieron en el Castillo de Villapadierna, trabajaron en la herrería, o cultivaron sus campos y pescaron en el caudaloso Esla.

Una brisa suave me despierta y siento cierta melancolía, ¿cómo no? por ver el castillo sin siervos ni señores.

Ya no hay Cruzadas, ni Reconquista, pero hay Camino de Santiago, hay historia y silueta, la de un castillo y una Villa, la hermosa y sencilla Villapadierna, donde, como en aquel entonces, en la sencillez de sus campos se dibuja el perfil, el alma y el cuerpo de un monumento: el Castillo de Villapadierna.

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