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Pequeñín

Mi mágico León: invierno en el pueblo. Cembranos. Villacidayo. León.
Alegría cabezota

¡Ay, qué te cojo! ¡qué te cojo, qué te cojo, qué te cojo!

Y él, corre que te corre, por donde pille, por el medio del corral en verano, rodeando la piscina que puso su abuelo para los nietos, o detrás de quien lleve unas llaves de coche en la mano, pero allá va él, con el equilibrio ahí, ahí, pero directo a su objetivo.

¡Ay, qué te cojo! ¡qué te cojo, qué te cojo, qué te cojo! Y no me canso de decirle lo mismo, porque cada vez que me escucha, dice mi nombre y se echa a reír, porque sabe que como le coja…

Allí está él, tan feliz en su inocencia cabezota, porque mira que es cabezota, tanto que con cuatro palabras sabe decir que le encanta el pueblo, que le gustan las ovejas y los gatos, que quiere montar en el tractor de Diego y que no quiere manoplas ni guantes, pero si hay que salir a la calle… no queda otro remedio, ¿verdad?

Allá va él, con esa alegría gritona que tanto hace reír a su madre, porque se emociona, se emociona, y se embala, y cuando menos lo esperas, le ves correteando por las calles de Villacidayo, o buscando la luna en Cembranos, con esos mofletes colorados y esa sonrisa pícara, porque mira que es pícara…

Cae la nieve en las montañas, y en los valles abunda el frío, y al caer la noche, brillan las estrellas en el firmamento mientras se cierne una helada sobre la tierra.

Cae la nieve sobre las montañas y el silencio reina en los montes y las riberas, y la lumbre se apaga en las casas, dejando el calor tras de sí, mientras los mayores se hacen coscas, ahora que no mira nadie, y los pequeños sueñan con aventuras en bici cerca de la presa (porque en los sueños nadie les riñe).

Cae la noche, y el más pequeño hace ya rato que se fue a “mimir”, tranquilo, satisfecho, con la felicidad pintada en la cara de quien disfruta del pueblo.

¿Vamos a Villacidayo? ¡Vamos! Pero antes, como siempre, yo me quedo un ratito en Cifuentes, en mi querido Cifuentes, de Rueda, ¿cuál si no?

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Mi cielo

Mi mágico León: nieve en tierras de Cembranos. León.

Caída del cielo

El cielo se enamoró de la tierra y sus montañas, de esos valles que parecen caer tan en picado porque las montañas son altas y esbeltas, espigadas, soberbias, preciosas… y, a ratos, rozan los rincones más profundos del alma, y surge la magia, se funden en un solo amor, y el invierno pesa menos, porque en su corazón arde la llama viva, de una pasión, que no ha de apagarse jamás.

Te escribo a ti, cielo mío, desde una tierra que te acompaña a cada minuto, desde sus más profundos valles, a sus más elevadas montañas, y siempre, siempre, acompañando tu bella y sensible esencia.

Veo caer los copos sobre mí en tus momentos de fría tormenta, cuando todo parece gris, cuando los fríos atenazan tu hermoso corazón, cuando el miedo se hace grande y el pavor congela tu linda mirada, cuando ya no puedes más y lloras cuando te crees solo, sin saber, que yo, tierra mágica, no dejo de seguir aquí, sabiéndote sensible y fuerte, valiente, sabiéndote dulce y paciente, compartiendo la frialdad que nos toca vivir, sabiendo que la tormenta deja un maravilloso paisaje blanco, que riega el territorio de los sueños que juntos construimos, sabiendo que, más tarde, llegará la primavera, y las flores llenarán el mundo de colores, de olores, de mariposas y paseos al atardecer, sabiendo que juntos hacemos el universo más bonito, como el mar acariciando la orilla, como las olas chocando los acantilados, como esos labios enamorados que acarician lo que no se ve, cerrando los ojos, suave, despacio, a fuego lento…

En Cembranos, Herreros de Jamuz, Valencia de Don Juan, San Andrés de Rabanedo, Valdeteja, Villamañán, Maraña, Sosas de Laciana, Valdevimbre, Prioro, Sabero, Felechas, Almanza, Babia, Villaverde de Omaña, Cistierna,… veo caer la nieve sobre este mágico León, y vivo, sintiendo, que estoy aquí, para ti…

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