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El Castillo de las Américas

Castillo de Grajal de Campos en la provincia de León

Castillo de Grajal de Campos

A finales de la Edad Media tres carabelas dejaron atrás Palos de la Frontera, en la andaluza Huelva, y cruzaron el océano en busca de un continente que no encontrarían…

Aquel mismo año, los judíos fueron expulsados de la Península Ibérica dando origen a una población sefardí que sigue sobreviviendo a pesar de los más de cinco siglos que la separan de la patria que la expulsó… 1492 fue también el año en el que finalmente la Reconquista llegó a su fin, y poco después, unos reyes fueron coronados con un nombre que les daría fama a través de los tiempos: Los Reyes Católicos.

Tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando, y en una época de tanta riqueza convertida en oro y de tanto poder centralizado, hubo un hombre que reunió multitud de títulos: fue Comendador de la Encomienda Mayor de Castilla de la Orden de Santiago; fue presidente del Consejo de Órdenes Militares; fue custodio de las Torres de León por orden del Rey, y hasta llegó a ser Jefe de la Milicia de la Orden de Santiago, la Guardia de Fernando el Católico, y… ¿quién fue este personaje? Hernando de Vega.

En un momento a caballo entre la Edad Media y la Edad Moderna, en un reino en el que la riqueza procedente del Nuevo Continente corría a raudales por los ríos del poder, un personaje de tan alto nivel debía cobijarse en un lugar que hiciera honor a sus continuos devaneos con el poder, y fue así como, a principios del siglo XVI, se alzó en un lugar al sur de León, una fortificación de carácter militar con todo tipo de ornamentos y detalles preparados para afrontar cualquier tipo de escaramuza o icono de lucha que intentara cualquier posible ataque enemigo.

Como todo castillo de la más pura novela medieval, la fortaleza construida tenía fosos y torre de vigilancia, emplazamiento para situar la artillería, lugares en los que utilizar las cerbatanas, sitios desde los que lanzar proyectiles,… no en vano, el señor de la fortaleza participó en la administración de América y ejerció como Corregidor.

Allí, en Grajal de Campos, en una localidad llena de historia desde que el Imperio Romano extendiera sus redes por la Península, en un pueblo que volvió a tener vida tras su repoblación con gentes de origen mozárabe, en un lugar que fue testigo de luchas de poder entre hermanos, un sitio que sufrió el acoso de Almanzor y que el Camino de Santiago ha recorrido desde siempre, todavía se alza el primer Castillo artillero de España.

Parece sacado de una película, parece el escenario de una novela histórica, y yo creo que lo es, porque los muros que lo forman han visto pasar frente a sus piedras mil y una historias e intrigas que ni siquiera soy capaz de imaginar, de mil y un personajes que han desfilado frente a ellas… y todavía siguen obsevando, alcahuetas, los embrollos, secretos y derrotas de las gentes, y ¿sabes qué? que ahora voy a ser yo la que las observe a ellas prisioneras en sus muros, ahora voy a ser yo la que se sumerja en la época de los Reyes Católicos contemplando la ingeniería de una fortaleza preparada para una guerra medieval, en una época de paz moderna.

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En el cerro de Coyanza

El Castillo de Coyanza

El Castillo de Coyanza

En la lejanía del tiempo, enraizada en los siglos anteriores a nuestra era, comienza la historia de una villa que cambiará su nombre hasta convertirse en la Villa del infante Juan.

Los vacceos, aquella etnia celta que vivió en la Meseta Norte en la misma época en que los tartesos habitaban el sur de la Península Ibérica, habitaron tierras junto a la ribera del río Esla y establerieron lo que será llamado la Ruta del Estaño, aquello que la imperial Roma convertirá después en la Vía de la Plata.

Allí, sobre el promontorio que domina la ciudad en la Vega del Esla, se alza el nuevo castillo, construido sobre aquel que sucumbió ante las huestes musulmanas en el ataque de Almanzor, en su avance hacia territorio cristiano allá por el siglo X.

El castillo de los Acuña se alza, hermoso, terso y limpio, dominando el paisaje de llanuras que envuelve la ribera del río Esla en su descenso hacia el Duero, con aquel color pálido cremoso, y parece haber sido esculpido en roca y puesto sobre la altura para que la mente divague al contemplarlo entre historias medievales sin contar: tal vez una princesa asomando por alguna de sus escuetas ventanas, o bien un par de soldados montando guardia en alguna de sus torres… esas torres cuyas cimas parecen manos extendidas al cielo, como si con sus almenas, con sus dedos quisieran acariciar el azul del firmamento… y parece la fortaleza un castillo de juguete que alguien hizo a tamaño real guardando el más mínimo detalle, labrando en sus muros los escudos que atestiguan su noble pasado, dibujando las redondeces de sus torres, con la muralla rodeando lo que fuera la Villa medieval… mas ha pasado el tiempo y sus cicatrices han hecho mella en la grandeza del Castillo de Coyanza… pero no importa, no importa, porque cuando miras directamente la belleza antigua de las arrugas en su piel, cuando ves los surcos que los años han labrado en su faz, descubres el encanto de una historia vivida, de una vida experimentada, con batallas, victorias y derrotas, con alegrías y penas, con el olvido y la alegría del reencuentro…

El color a trigo de cada uno de los muros de aquella fortaleza, recuerda, con el orgullo de una dama elegante y serena, la gloria de la que fuera conocida como Coyanza, Valencia de León, Valencia de Campos, y finalmente, ya adentrados en el siglo XIII, Valencia de Don Juan en honor al primer duque de la Villa: el infante Don Juan de Portugal.

El Castillo de Coyanza es uno de esos lugares que merece ser visitado simple y llanamente por el placer de viajar en el tiempo sin moverse del siglo XXI.

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Transportada a la Edad Media

Un manto blanco cubre el viejo monasterio

San Miguel de Escalada - Diciembre 2009

En la Ruta Vadiniense del Camino de Santiago, refugiado de invasiones y miradas supérfluas, se alza, resistente ante el avance del tiempo, el solitario San Miguel de Escalada.

Lo conozco desde no sé cuándo, pero no fue el año pasado, ni el anterior, ni el otro, ni el de más allá… sé que su imagen ya andaba por mi casa en forma de fotografía hace mucho, y sé que deseosa de conocerlo en persona, un día, mi padre me llevó hasta él.

Y allí estaba el tímido monasterio, histórico y humilde, observando, desde sus capiteles de estilo corintio, la mirada admirada de aquella muchacha que se maravillaba ante aquellas piedras en forma de monumento que el paso del tiempo no había podido eliminar.

Recuerdo con absoluta claridad cómo le decía a mi padre que no entendía qué hacía aquella maravilla allí solita, olvidada del mundo cuando tenía tanto que enseñar… y me dejé embaucar por su sencilla apariencia cargada de mozárabe y poco a poco, su pórtico y sus columnas, sus grandes arcos de herradura y sus detalles grabados en piedra, me transportaron a un mundo de guerras fronterizas entre los reinos cristianos y los musulmanes, me transportaron a los inicios del siglo X, cuando un grupo de monjes capitaneados por el abad Alfonso, dejaron atrás su querida Córdoba en el lujoso Al-Andalus viéndose obligados a dirigirse hacia el norte, pues los reinos islámicos que hasta entonces les habían permitido vivir en un ambiente pacífico y tolerante, dejaron de ser amables y muchos cristianos se vieron empujados a sumergirse en las profundidades de lo desconocido.

Y fue así como, en su peregrinar hacia tierras lejanas, encontraron en su camino un viejo templo de origen visigodo en ruinas, y la pequeña comitiva y su abad decidieron levantar un nuevo templo sobre el antiguo, y así, en tan sólo doce meses, se erigió el monasterio, sin oprimir al pueblo, sin necesidad de mandato real, sino por el trabajo duro y constante de unos monjes que quisieron volver a dar vida a un lugar que había sido dedicado al arcángel Miguel, y lo consiguieron.

Nunca olvidaré el regalo que recibí aquel día al descubrir San Miguel de Escalada.

Gracias, papá.

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