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Fluye

Mi mágico León: río Torío a su paso por Villaobispo, de camino a la Candamia. León.

Dejándose llevar

Fluye la vida como el agua que compone los ríos, como el viento que sopla desde las montañas, fresco y salvaje, parte de la naturaleza que alimenta los valles y los pueblos.

Fluye como las miradas cuando hay sintonía, y cuando no fluya, habrá que entender que si queda estancada, se corrompe, y si intentas frenar su caudal, rebasa cualquier muro que le pongas delante, y si se te ocurre recogerla a manos desnudas, de manera natural, se te escapa entre los dedos… Será cuestión de fluir, entonces.

Fluir, como el Torío de camino a la Candamia, a su paso por Villaobispo, como las amistades que surgen sin planearlo, como los antojos de churros con chocolate, como los amores a primera vista, que igual el amor aún no existe, pero si fluyes… no sé… igual aparece… será cuestión de darse la oportunidad, digo yo.

Fluyen los momentos a través de las tardes, y las mañanas, a través de los paseos y las labores que dan forma a tus días, y así, toman forma los sueños que pasaron a ser tangibles, dejando sitio a otros nuevos que muy pronto conquistar.

Me río, me río de las presas y la mala leche, de quienes se enfadan porque no pueden poner puertas al campo, porque los ríos no hacen demasiado caso, y de vez en cuando, campan a sus anchas.

Hay que ser bobo, para pretender que el hielo dure eternamente y la magia no ponga las cosas en su sitio, contra todo pronóstico malvado.

Hay que ser bobo, y es que… hay mucho suelto, te lo digo yo.

Pero… ¿sabes qué? No importa. Así tienes más mérito, así da más rabia, así sonríes más y mejor cuando triunfas, porque… al final, triunfas, y eso no te lo digo yo, te lo dice el agua, que al final, hace lo que ha sido llamada a hacer: fluir.

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Dos orillas

Mi mágico León: puente romano y medieval entre Villalfeide y Serrilla. Montaña central leonesa. León.

Uniendo orillas

Allá arriba, entre montañas que se alzan imponentes a lado y lado de la carretera, junto a leyendas de brujas que habitan hayedos, hoces que recorre el agua agreste y feliz sobre las piedras; y un cielo limpio, tan limpio, que con solo mirarlo, se llenan los pulmones de juventud eterna,… los cuentos cobran vida, las excursiones más sentido y la libertad un toque de picardía traviesa entre tanto risco, tanta luz y tanta sombra, bajo la luminosidad brillante del astro rey.

En algún lugar de la montaña central, entre Serrilla y Villalfeide, hay un puente, antiguo, muy antiguo, que une las dos orillas de un mismo río, un río brillante, lleno de ilusiones, recuerdos y esperanzas, un río mágico, porque acercarse a él significa quedar hechizado por la tranquilidad de su canto continúo, por la nana de su música acuática, que borra las angustias y ansiedades, los problemas y los miedos.

Caminando por la vida, un día el camino te sorprende y aparece ante ti una manera diferente de cruzar a la otra orilla, un camino ya olvidado en la rápida modernidad del presente, del futuro; olvidado de las masas y su afanada prisa por llegar antes… ¿y luego qué?

Disfrutar de las sendas de la amistad, y el alma silenciosa que escucha a la naturaleza sin palabras hablar, paso a paso hacer camino y contemplar al viejo puente construido sobre la calzada romana, alzado en el Medievo, usado desde siempre, por siempre, ¿por qué no?

La paz sigue reinando en el paisaje del que forman parte las dos orillas unidas por el mismo puente, que es de Serrilla y Villalfeide, que es patrimonio del mundo, que es de las almas buenas que siguen disfrutando del sonido de la vida en el que, lo importante, siempre es lo importante.

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