Archive for agosto, 2014

¿Abandono?

Mi mágico León: casetas de labranza en Valduvieco. León. Turismo rural.

Partituras del ayer

¿Abandono? Abandono no, dejadez, tal vez, ¿o no?

Si el abandono es rendición, ¿por qué rendirse? ¿por qué ya no vale la pena?… Sí, sí que lo vale. Vale la lucha y el pensamiento merodeando la cabeza a cientos de kilómetros de distancia, valen las promesas con el corazón en la mano y la mirada más limpia.

Hubo un tiempo en el que las cosas eran diferentes, y ahora, mirando atrás, siento que no son tan diferentes, igual aparentemente, quién sabe, pero no…

Aparentemente, cierto, ¿nos fiamos de las apariencias? Hay tanta traición escondida tras miradas cobardes, tanta mentira enrevesada, enraizada en las almas de los corazones pobres, que a veces cuesta descubrir dónde está la verdad, pero está, la verdad está.

¿Abandono? No, abandono no; paciencia, quizá, tranquilidad, creo yo, como los campos a lo largo de las estaciones, cuando ven los paisajes cambiar y permanecen callados, guardando en su interior lo que la superficie todavía no desvela… como si fuera una melodía que el compositor dibuja en la partitura que todavía no tocó el cielo, que todavía no acarició la luna con el sonido suave de su alegría intensa.

Abandono nunca, mientras haya una brizna de vida, mientras las promesas se mantengan en el aire, mientras la piel recuerde cada una de sus caricias y las palabras no desaparezcan con el viento,… nunca, jamás…

Pasa el verano, alegre, caliente, sereno, frío; pasa el verano, se descubren nuevos paisajes conocidos, y entre las tierras leonesas, se dibujan las sombras del ayer reflejadas en el paisaje del presente… y ya no hay miedo, hay verdad, hay luz, hay esperanza y buenas sensaciones, hay valentía y arrojo, porque aquella caseta de adobe, a pesar de las inclemencias, a pesar del frío y la nieve, a pesar del sol abrasador del mediodía, sigue en pie, en sus campos, demostrando que, hasta lo más débil, aparentemente, tiene su fortaleza en los cimientos de su interior, en la vida, en la lucha, en las tierras de Valduvieco, donde todavía se oyen los ecos de la silenciosa que recorrió sus caminos…

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Estrellas solares

Mi mágico León: campo de girasoles en Villalquite. León.

Campo de estrellas

El cielo, un cielo plagado de luces, de colores llenos de intensidad… y esa luna que a veces parece cantar en medio de las noches calladas…

La tierra, una tierra completamente pintada de estrellas que algunos dan en llamar flores, estrellas que se regalan, que se huelen, que se admiran y, a veces, hasta se pueden tocar…

Y a la orilla de algún río, donde el agua corretea en la corriente, a la vera de los chopos, surfeando entre los campos de trigales, de amapolas y maizales, susurrando maravillas junto a los campos de girasoles, todavía los veranos son cálidamente fríos, y las casas siguen esperando a ser nuevamente pobladas, de recuerdos, de futuros, de presentes…

En algún lugar, en lo profundo del lejano oeste, en la fortaleza del verde intenso de la hierba, y el fresco aroma del Esla al discurrir, la magia sigue rondando los rincones, más allá de la indiferencia de los corazones superficiales, y no importa…

No importa que las cosas no salgan a la primera, ni que los girasoles no siempre luzcan abiertos; tampoco importa que la luna a veces no se vea, o que las nubes no dejen ver las estrellas, porque la vida sigue siendo vida, y las oportunidades no dejan de aparecer.

Hoy pensaba… en tantas cosas pensaba… y hay cosas que están tan grabadas en el alma, que ni la más cálida de las noches estrelladas, deshace los sueños que aún están por ser cumplidos.

Pensaba… pensaba, sonreía, esperaba y volvía a sonreír, esperando ver a las mariposas danzar, sobre un mar de estrellas terrestres, que en Villalquite, se han convertido en girasoles.

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Más allá

Mi mágico León: Riaño. Montaña oriental leonesa.

Horizonte infinito

Allá donde las montañas llegan a su fin, donde el horizonte se dibuja en el alma de los que todavía sueñan, se adivina la locura infinita del amor más sincero, más alegre, lleno de risas y de miradas profundas, de promesas que quedaron suspendidas en el aire, más allá de los momentos que marcó el tiempo…

Allá donde las alturas conforman el paisaje de quienes no se rinden, la atmósfera huele a sonrisas y a triunfos por llegar, a esperanzas tejidas en las ideas, en los planes por cumplir, en las sorpresas por llegar, por disfrutar, por compartir…

Y donde menos lo esperas, aparece la magnitud maravillosa de la piedra encarnada en monumento, en naturaleza viva y salvaje, como tú, como yo, como la pasión de quien no teme al presente, ni al futuro, como la fortaleza anclada en los principios que hacen de un hombre el hombre que es.

Se me antoja saborear el frescor de la mañana despertando en tierras de Riaño, donde el llanto convertido en recuerdo, sobrevive más allá de las dulzuras que pueblan las sonrisas de los niños.

Riaño, el Gilbo, el agua y el pueblo, las gentes y las vivencias, las palabras que no volaron con el tiempo, que no se deshicieron con el paso de los días, que se escondieron en las miradas de aquellas almas que un día las pronunciaron, con la sabiduría sensata, de quien desvela lo que el corazón siente.

Riaño y sus amores, y las montañas que adornan su linaje, la naturaleza y el canto de los pájaros… la belleza cristalina de las emociones clavadas en el alma,… la belleza de las almas que nunca se irán, de los momentos que siempre quedarán, de los amores que siempre estarán, porque supieron estar, porque quisieron estar, porque engarzados en la textura efímera del corazón, quedarán anclados en la suavidad indescriptible de los amaneceres y las puestas de sol, donde siempre, siempre, estaremos los dos.

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