Archive for mayo, 2012

Atalaya

Mi mágico León: Valdorria a los pies de su montaña. Al norte de la provincia de León. Turismo rural. León

Caprichoso

Remontando la alegría chispeante del río Curueño montaña arriba, entre curvas y altitudes, se alcanzan paisajes cargados de encanto, de puentes cruzando, desde el aire, la fluidez corriente de un agua limpia y cristalina.

Recorriendo la carretera que dirige al impresionante Puerto de Vegarada, en algún lugar a la vera del mismo río, hay una cascada que precipita su frescura entre las rocas, y poco más allá un desvío que se dirige a las nubes, comienza la pendiente, continúan las curvas, se contemplan los paisajes, y en el momento menos pensado aparece, donde parece imposible, la vida de un pueblo que no tiene miedo ni al frío ni a las alturas, ni a la nieve ni al sol, ¿cómo se le ocurrió quedarse ahí?

Valdorria es caprichoso, se enamoró de la panorámica, del aire limpio y la vida sana, y se negó a renunciar a ello por cuestiones supérfluas de comodidades o modernidad, ¿acaso las montañas tienen precio?

En algún lugar de la montaña, en tierras de la misma “ensoñación” que algún caminante descubrió casi rozando el cielo, allí donde las tentaciones escasean porque todo el entorno tiene la esencia del mismo Creador, encaramada sobre la roca, alejada del mundanal ruido, está la ermita de San Froilán, la que cada año espera la peregrinación cautelosa de la tradición hecha romería, y la que hoy, ahora, en este momento, descansa tranquila, desde su atalaya particular.

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El legado de los siglos

Mi mágico León: en Tierra de Campos, al este de la provincia de León, está Cea y su castillo medieval. La entrada al castillo es libre. León. Turismo rural. Turismo Cultural.

Perseverancia

Érase una vez un lugar lleno de futuro, alzado sobre la planicie, sencillo y tranquilo, que disfrutaba de su existencia con el simple hecho de divisar la panorámica, que a sus pies el mundo rendía.

Érase una vez un castro, en la capital de los vacceos, que el tiempo convirtió en castillo; y llegada la Edad Media, los reyes hicieron protagonista de sus idas y venidas, de sus confabulaciones maliciosas y perversas, morando entre las paredes de su cuerpo lozano y fuerte.

Y así, aquella altitud sostuvo la silueta de unas piedras convertidas en castillo, con su torreón y su pozo, con su gran foso y el puente que, aquel castro convertido en castillo, llegó a ver a su vera allá por el siglo XI…

Pero el puente ya no está. La dejadez y el abandono han hecho mella en aquella regia fortaleza, le han despojado de la fuerza de sus vestiduras medievales, y parece haber llegado el fin.

Aunque, ¿sabes qué? Miro al viejo castillo y sólo puedo ver algo: esperanza y perseverancia. Puedo ver la valentía de unas piedras que siguen sosteniendo el legado de los siglos en cada grano que da forma a su cuerpo, y a su espíritu…

Porque en algún lugar de Tierra de Campos, hay un castillo esperando ser rescatado, con su fachada principal todavía en pie, cansada, sonriente y feliz porque piensa, cree, sospecha, que ha perdido muchas batallas, pero aún no ha perdido la guerra…

Cuenta contigo, conmigo, con nosotros. Nosotros somos su ejercito y lucharemos:

Por ti, por mí,… ¡Por el Castillo de Cea!

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Un mundo enamorado

Mi mágico León: braña de Sosas de Laciana en primavera. León. Turismo rural.

La fantasía de una realidad

Belleza, sueños, magia, fantasía, realidad… palabras que cruzan la mente cuando los paisajes son tan intensos y las sensaciones tan vibrantes.

“La primavera la sangre altera”, ¿cómo no la va a alterar si parece mentira? Parece mentira que haga buen tiempo y de pronto caiga una nevada impresionante, y luego, se detiene el tiempo, parece regresar el invierno, pero la nieve se deshace, y entonces vuelve a brotar la magia de la tierra y los campos se llenan de verde, y las brañas de colores, las flores de nubes blancas, de sangre roja, de cielos azules, de soles amarillos, y el mundo vuelve a guiñar un ojo diciendo: “-¡Qué no!, ¡qué era broma…!-” y la sonrisa no deja de reflejarse en la cara; ¡es tan bonito!

Los narcisos ya no se ahogan al contemplar su belleza en un lago, no pueden, están enamorados de sus semejantes, de las montañas que les ven nacer, del cielo que les ve crecer, de los valles que les alimentan, y todo es tan parejo, tan igual, tan increíblemente asombroso que al final de sus días mueren de amor, prometiendo renacer en la nueva primavera.

Las montañas y los valles, y los montes y los senderos repletos de vida y de colores, de una energía renovadora, positiva, alegre, que aleja las preocupaciones y motiva a seguir renovándose por dentro y por fuera.

Y es que, hace tiempo descubrí que las estaciones se han enamorado de León, de su tierra y de sus gentes, de su gastronomía tradicional, sus aromas y sus paisajes, porque cada mes, cada día, una paleta, cargada de sueños, pinta maravillas en un mundo que la contaminación no ha logrado conquistar, en un mundo, que en Laciana, brilla de esplendor.

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Buenos tiempos

Mi mágico León: Palacios de la Valduerna, al sur de la provincia de León.

Como siempre

Entre la Maragatería y La Bañeza, en la hermosa tierra leonesa, hay un pueblo y una fortaleza, y en torno a él, la tranquilidad y el bullicio se convierten en la normalidad rural de la cultura hecha paisaje.

Con ese cielo azul, limpio, pulido, sin ápice alguno de contaminación, con aquel castillo y la antigua iglesia, Palacios de la Valduerna es uno de esos lugares que disfrutar con el simple hecho de pasear, de contemplar, de vivir… Hay cosas que no tienen precio.

Un día encontré recuerdos no vividos de un castillo y unas historias, de un tiempo anclado en el Medievo y unas gentes que nunca conocí.

Un día descubrí que los libros hablan de la Valduerna y de los Bazán, pero no dicen nada de la vida y las sensaciones, de las experiencias que forman parte del existir y los recuerdos que dan forma a las conciencias y los corazones, por suerte, alguien me contó pedazos de su vida en forma de juventud, cuando la fiesta comenzaba días antes, con el rezo de la novena en honor al Santísimo Cristo de los Afligidos, y los quintos y las quintas preparaban las banderas para adornar el pueblo, se preparaba el templete para los músicos, se terminaba de hacer la misma madrugada del día de la fiesta y después, ¡chocolatada de quintos y quintas! ¡Qué tiempos aquellos!

La historia se convierte en ayer si la dejamos, porque si volvemos a hacerla presente, al final, sólo queda exclamar: ¡qué tiempos estos!

Recorrer los caminos y observar los árboles y las casas, los pájaros y las gentes, llenar el ambiente de sonidos, y, de vez en cuando, escuchar el tañer de las campanas anunciar a los cuatro vientos las noticias más importantes, como este domingo, cuando la solemnidad de la gran fiesta, inundará sus rincones recordando, que la tradición sigue viva, que la fe sigue latente, y que el pueblo sigue venerando a su Cristo de los Afligidos.

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