Archive for Montaña Central Leonesa

Ilusiones en la mochila

Mi mágico León: carretera entre San Emiliano y Los Pinos. Babia.

                                   Allá vamos

Te pienso como si ya estuvieras aquí, como si ya estuviera ahí, como si lo que será ya fuera y lo que es no se fuera a ir jamás.

Te pienso como si estuviéramos construyendo el camino, cada uno por su lado, cada una con su responsabilidad, cada cual con su alegría y su entusiasmo, pero juntos, aunque a ratos haya kilómetros en el medio, ¿será para ponerle salsa a la vida? Será digo yo… si todo fuera fácil, ¿dónde estaría la gracia? También nos aburriríamos, seguro.

Te pienso tranquila y feliz, consiguiendo las metas propuestas, porque todo es cuestión de tiempo, y perseverancia, por supuesto, sin perseverancia no hay victoria.

¿Empezamos el camino? ¡Empecemos! Aunque ahora que pienso… igual hace ya rato que empezamos casi sin darnos cuenta, y echando la vista atrás… ¡Qué maravilla! ¡Cuántos momentos compartidos! ¡Cuánta vida! ¿Has visto qué paisaje?

A veces no hace falta hablar, ¿verdad? Sobre todo a primera hora de la mañana, que tiene la mente que despertar, y, con los ojos abiertos, todavía merodean en torno a ella, los pensamientos que soñaste y que a veces no recuerdas.

¿Nos vamos de excursión? ¡Vamos a celebrar la vida! ¡Venga! Llena la mochila de ilusiones y permítete conocer nuevos parajes; echa a andar y no te detengas más que para apreciar la belleza que te envuelve cuando te dejas acariciar por Babia; sigue caminando y descubre que no hace tanto frío, aunque el termómetro indique lo contrario, habrá que fiarse más de las sensaciones y menos de los números.

¿Por qué? Porque el alma solo entiende de pasiones, y en San Emiliano, camino a Los Pinos, en tu compañía, con la damisela de Albares y el peluche más feliz, las preocupaciones desaparecen y la amistad se hace inolvidable.

Inolvidable como las miradas de la gente buena.

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Me gusta

                                                                      Suave Tranquilidad

Días de calor llenos de madrugones, cuando las calles aún no están puestas, y mientras tanto, otros muchos descansando, bajo la luz relajada de las sombras hechas madrugada. 

Días de bochorno y resplandores, y niños y no tan niños, distraídos camino a la piscina, y un paseo a media mañana, con los cascos en las orejas, y la música moviendo las manos y los pies sin pedirte permiso, ¿será cosa del verano?

Y bajo la sombra de unos árboles que algún día alguien plantó, sonrío sintiendo tantas cosas… y llego a una conclusión: me gusta mi vida. 

Me gusta, me gusta pensar en esos valles y esos paseos junto al río, me gusta ser… ¿original? sí, creo que ese es el adjetivo: original. 

Me gusta… me gusta reír a carcajada limpia, escuchando las bobadas de uno que me sé yo, que es la bomba, y muchos lo saben, cómo no, tanta genialidad no pasa desapercibida; me gusta chinchar a la dama de la mirada limpia y a la muchacha de la inocencia pícara, y… se me escapa la risa de solo pensarlo. 

En julio, estamos en julio, y estoy lejos y a la vez cerca, todo depende de cómo se mire, ¿verdad? ¿Lejos? Define lejos: si es tangible, si lo puedes imaginar, si se te ocurre y se dibuja una sonrisa de medio lado cuando lo piensas… entonces…. entonces es que tan lejos no está, será cuestión de ponerse en modo vacaciones y ¡disfrutar!

A veces miro al cielo y descubro que me he vuelto a enamorar, porque es tan bella… con ese color tan puro, tan limpio, tan… ¡brillante!

La miro y siempre le sonrío, y le pido algún deseo, a veces más de uno, ¿y sabes qué? Siempre me sonríe de vuelta, y sé que me ha escuchado. 

A veces miro esa luna tan preciosa, y recuerdo que en mi mágico paraíso, hay un valle que lleva su nombre, y allí, escondido a plena luz, está Abelgas, y sus paseos pintados de verde. 

 

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Dos orillas

Mi mágico León: puente romano y medieval entre Villalfeide y Serrilla. Montaña central leonesa. León.

Uniendo orillas

Allá arriba, entre montañas que se alzan imponentes a lado y lado de la carretera, junto a leyendas de brujas que habitan hayedos, hoces que recorre el agua agreste y feliz sobre las piedras; y un cielo limpio, tan limpio, que con solo mirarlo, se llenan los pulmones de juventud eterna,… los cuentos cobran vida, las excursiones más sentido y la libertad un toque de picardía traviesa entre tanto risco, tanta luz y tanta sombra, bajo la luminosidad brillante del astro rey.

En algún lugar de la montaña central, entre Serrilla y Villalfeide, hay un puente, antiguo, muy antiguo, que une las dos orillas de un mismo río, un río brillante, lleno de ilusiones, recuerdos y esperanzas, un río mágico, porque acercarse a él significa quedar hechizado por la tranquilidad de su canto continúo, por la nana de su música acuática, que borra las angustias y ansiedades, los problemas y los miedos.

Caminando por la vida, un día el camino te sorprende y aparece ante ti una manera diferente de cruzar a la otra orilla, un camino ya olvidado en la rápida modernidad del presente, del futuro; olvidado de las masas y su afanada prisa por llegar antes… ¿y luego qué?

Disfrutar de las sendas de la amistad, y el alma silenciosa que escucha a la naturaleza sin palabras hablar, paso a paso hacer camino y contemplar al viejo puente construido sobre la calzada romana, alzado en el Medievo, usado desde siempre, por siempre, ¿por qué no?

La paz sigue reinando en el paisaje del que forman parte las dos orillas unidas por el mismo puente, que es de Serrilla y Villalfeide, que es patrimonio del mundo, que es de las almas buenas que siguen disfrutando del sonido de la vida en el que, lo importante, siempre es lo importante.

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Donde empieza

Mi mágico León: nacimiento del río Curueño. Puerto de Vegarada. León.

En ti

El lugar donde todo empieza es un paraje desconocido, al que llegas sin darte cuenta, paseando por la vida, encontrando montañas, valles y lagos, pueblos convertidos en recesos, en paradas de mil y una noches, o tal vez, de media tarde.

Allá donde las montañas se confunden con el cielo, donde el mar lo dibuja la tierra y la sal del océano es el aroma de las flores silvestres, nace el mítico Curueño, tan pequeño, tan escurridizo, que silenciosamente brota de la tierra en Vegarada y va caminando sinuosamente, como se hace en la vida misma, donde cada segundo cuenta, donde cada minuto conforma una parte importante de la misma vida.

A veces, uno se siente perdido, absorto ante tanta belleza, minúsculo ante tanta majestuosidad, confundido en el cambio de los paisajes que dibujan las estaciones, confuso en la orografía de los momentos… y no hay brújulas ni mapas, solo intuiciones, y a veces ni eso, y ¿entonces? ¿qué hacer?

Caminar, discurrir, seguir… no convertirse en charca estancada, dejar la libertad del tiempo fluir por los senderos del alma y redescubrir la belleza inmersa en la realidad que se esconde bajo los poros de la piel, la del corazón que late, la del recuerdo de aquella voz, la de las sonrisas eternas, y las palabras que nunca se esfuman.

¿Y entonces? ¿por dónde empezar? Por las montañas y sus cumbres, por el vuelo majestuoso de ese halcón, por las estalactitas que penden de las alturas del interior de la tierra, por el sabor de la niebla y el olor del frío… o tal vez, tal vez… Por uno mismo.

Por uno mismo oí decir… sabias palabras escuché decir…

Por uno mismo como el mismo Curueño, que se deja llevar y salva las pendientes, se escurre entre los cantos, vadea los límites, y no se rinde, sigue, continúa, sin prisa, sin pausa, a ratos más rápido, a ratos más lento, pero adelante, siempre adelante.

 

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Quisiera contarte

Mi mágico León: cuevas de Valporquero. Montaña central leonesa. León. Turismo. Maravilla.

El secreto de una niña

Hoy quisiera contarte un cuento: un cuento feliz.

El final lo pones tú, eso es cosa tuya, la tierra pone el paisaje y el color, y yo, yo pongo el asombro y la sonrisa ocupando mi cara, ¡qué maravilla!

El agua recorriendo las oquedades, dibujando en la roca caliza el maravilloso discurrir de las fantasías, precipitándose sobre la misma roca cubierta por el mismo agua, salpicando la frescura de su caudal sobre estalactitas y estalagmitas, mientras los minerales han pintado las paredes de tonalidades rojizas y anaranjadas, blanquecinas, amarillentas, mágicas…

Hay tanta magia recorriendo el interior de la tierra que hasta un fantasma quedó petrificado ante aquel cementerio estalactítico, y tras la gran columna, y la gran vía, al fondo, al final, después de aquellas maravillas… las grandes maravillas…

Spaghetti colgando del techo, helados de vainilla y nueces, turrón, fresas, mmm… ¡qué rico!

La naturaleza es caprichosa, es feliz, es una niña cantarina y risueña, y a veces, escarba en la montaña y moldea las paredes esculpiendo sueños; se divierte creando fantasías que va tornando realidad, y así, continúan construyéndose las Cuevas de Valporquero, donde la piel se mantiene tersa, los ojos abiertos y los recuerdos vivos, más allá de sus confines.

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Señales

Mi mágico León: perdices en Boñar. Montaña leonesa. Turismo rural.

La señal de un amor

Una señal, la señal de que estás aquí, de que nunca te has ido, de que nunca te irás…

Los campos leoneses y su extensión, inmensa, eterna, con esas puestas de sol que enmudecen las ilusiones al son de los recuerdos, al son de los amores, al son de esa intensidad que brota de lo profundo, que brota de la humanidad más encarnada en la verdad y la pasión.

Todavía conservo el cofre que guardaba mis secretos, ¿recuerdas? los guardaba y los guarda, con el mayor de los cariños, como yo guardo las páginas de su diario en mi corazón, escritas a base de lágrimas y bobadas, a base de risas que solo nosotras entendemos.

Conservo… el amor por la tierra que tanto me enseñaste a amar, y el juramento esperanzado que te hice al partir…

León, mi querido León y sus cosas maravillosas, aunque más de uno se empeñe en ocultarlo tras capas de frialdad y mentiras, tras crueldades y rencores infundados, sordos, absurdos ante la ceguera incongruente de quien no argumenta, de quien solo impone y se pierde en la pura necedad; y al fin, al final, tampoco importa demasiado, porque no se puede tapar el sol con un dedo, ni las estrellas del firmamento con un puño.

Y escucho la letra de aquella canción, y también quisiera ser aurora boreal, y conseguirte las estrellas y la luna, y entonces, con ese amor que se quedó conmigo, sé que esas mismas estrellas, esa misma luna, ya están a tus pies, envolviendo la magia de nuestro cariño.

En los campos leoneses, donde está nuestro querido Cifuentes, donde está Boñar, en aquellos sencillos y fértiles campos, en aquellos paisajes llenos de montañas y aromas celestiales, allí siempre estarás tú, estaremos los dos, estarán las perdices y sus crías, los corzos, los lobos, y los zorros, las nieves, las heladas y la esperanza labrada en el corazón de la buena gente.

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Arintero y su dama

Mi mágico León: Arintero.

El hogar de la Dama

Enclavado entre montañas, al abrigo de la leyenda, está la estampa de un pueblo cuyo nombre despierta sensaciones, inquietudes, pensamientos recorriendo la mirada contemplativa de quien intenta imaginar cómo sería, cómo fue aquella realidad que ha alimentado la leyenda…

Corrieron tiempos nuevos en un mundo en el que todo era viejo, cuando la Edad Media vivía su camino al cercano Renacimiento, al que tanto costó renacer en las profundidades de una tierra, tan antigua como enraizada en tradiciones y costumbres, en la que los atisbos de modernidad fueron siempre impensables.

En las profundidades de la tierra leonesa, está la historia de tantas mujeres que abanderan la historia de una Dama hecha leyenda, al son del amor y el honor, entre el chirriar de una armadura que pudo oxidarse sobre el cuerpo discreto de una mujer, forjado a sangre y espada, a sudor y lágrimas; está la historia del valor y la superación, de la lucha y la perseverancia escondidas en lo profundo de una vida que resultó sorprendente.

Surca los siglos la historia de una hija que movió todo su mundo por honrar al corazón de su padre, apesadumbrado ante la ausencia de hijos varones que continuaran la tradición familiar de honrar al rey; mas el valor de una mujer, enfrentó el destino de su género y se hizo hueco entre las huestes masculinas, haciéndose pasar por uno de ellos.

Bajo la armadura de metal, y el aspecto tosco de varón, bajo aquel pecho comprimido que pasó desapercibido, se encontraba el corazón ardiente de una joven criada entre la ribera y la montaña, a la vera del Villarías, muy cerca del Curueño, cultivada a base de inviernos largos y veranos cortos, de nieves y noches al fuego de una hoguera, y así, con el paso de los años, tomó forma la Dama de Arintero, que en su aventura masculina enfrentó al enemigo, y nunca se rindió.

Mas en una de tantas batallas, después de la toma de Zamora, llegada a Toro, se enfrentó Juana, el Caballero Oliveros, la legendaria Dama de Arintero, a uno de los caballeros del rey de Portugal, y fue tal la dureza del golpe, que quedó roto el jubón que la cubría y apareció, ante el asombro de todos, el pecho desnudo de su cuerpo de mujer.

Al instante, el ambiente se llenó de voces alarmadas ante la presencia de una mujer entre las huestes.

Pronto se extendió el rumor y requirió su presencia el almirante de Castilla, a quien tuvo que dar cuenta de su historia. Y fue así como, admirado el rey ante tanta hazaña, perdonó a la dama.

De regreso a Arintero, muy cerca ya de su pequeña patria, fue abatida Juana, haciendo frente a quienes pretendían arrebatar los privilegios que el propio rey le había concedido.

Y allí quedó Arintero, esperando el regreso de aquella niña que vio convertirse en la mujer que, un día, llegó a ser la Dama de Arintero…

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