Murmullos de otros tiempos

Mi mágico León: nubes de primavera en el cielo de Azadón. León. España.

Ecos de la eternidad

En las nubes, estoy en las nubes, pensando en idas y venidas, en retales de historias escuchadas a la vera de un café y un chocolate, envueltas en silencios, entre el murmullo constante de un ambiente cargado de personas y vivencias que se van dispersando, con el paso de los minutos, que, sumados unos a otros, dan en convertirse en horas.

En las nubes, allí sigo yo, descubriendo mi mirada perdida en relatos de otros tiempos, en el eco de aquellas voces que recorrieron el mundo llenándolo de vivencias que trascienden el pasado… y el presente, trascienden…

Miradas de colores iluminando el cielo, y las nubes adornando el infinito con sus antojos diseñando formas caprichosas, y a veces, tan sencillas, que solo transmiten tranquilidad.

Tranquilidad… qué emoción más… suave, serena, amable,…

Y ese firmamento heredado desde el principio de los tiempos, donde las fronteras no existen, ni las diferencias, ni las rencillas, pues bajo él somos almas disfrutando de las montañas y los valles, de los ríos, y los puentes que los atraviesan, salvando obstáculos…

Y me pregunto si seré capaz de descubrir secretos escondidos bajo los ojos limpios de la buena gente.

Me pregunto si Azadón será tan sencillo como aparenta, y precisamente por ello, disfrute tanto contemplando ese firmamento del color de tantas miradas.

En las nubes, allí sigo, imaginando hombres de uniforme y señoras alistadas en defensa del honor y la justicia, paisanos con boina, y mujeres con delantales… ¿imaginando? ¿o recordando? Igual las dos cosas, quién sabe…

Azadón y su fotógrafo, Bariloche y su caballero de la mesa redonda, Azadón y el compañero del asiento de al lado,…

En tren, en avión,… ayer, hoy… Azadón, siempre Azadón, sus paisajes, su cielo, y esa casualidad maravillosa que un día te cruzó en mi camino.

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Fluye

Mi mágico León: río Torío a su paso por Villaobispo, de camino a la Candamia. León.

Dejándose llevar

Fluye la vida como el agua que compone los ríos, como el viento que sopla desde las montañas, fresco y salvaje, parte de la naturaleza que alimenta los valles y los pueblos.

Fluye como las miradas cuando hay sintonía, y cuando no fluya, habrá que entender que si queda estancada, se corrompe, y si intentas frenar su caudal, rebasa cualquier muro que le pongas delante, y si se te ocurre recogerla a manos desnudas, de manera natural, se te escapa entre los dedos… Será cuestión de fluir, entonces.

Fluir, como el Torío de camino a la Candamia, a su paso por Villaobispo, como las amistades que surgen sin planearlo, como los antojos de churros con chocolate, como los amores a primera vista, que igual el amor aún no existe, pero si fluyes… no sé… igual aparece… será cuestión de darse la oportunidad, digo yo.

Fluyen los momentos a través de las tardes, y las mañanas, a través de los paseos y las labores que dan forma a tus días, y así, toman forma los sueños que pasaron a ser tangibles, dejando sitio a otros nuevos que muy pronto conquistar.

Me río, me río de las presas y la mala leche, de quienes se enfadan porque no pueden poner puertas al campo, porque los ríos no hacen demasiado caso, y de vez en cuando, campan a sus anchas.

Hay que ser bobo, para pretender que el hielo dure eternamente y la magia no ponga las cosas en su sitio, contra todo pronóstico malvado.

Hay que ser bobo, y es que… hay mucho suelto, te lo digo yo.

Pero… ¿sabes qué? No importa. Así tienes más mérito, así da más rabia, así sonríes más y mejor cuando triunfas, porque… al final, triunfas, y eso no te lo digo yo, te lo dice el agua, que al final, hace lo que ha sido llamada a hacer: fluir.

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Ilusiones en la mochila

Mi mágico León: carretera entre San Emiliano y Los Pinos. Babia.

                                   Allá vamos

Te pienso como si ya estuvieras aquí, como si ya estuviera ahí, como si lo que será ya fuera y lo que es no se fuera a ir jamás.

Te pienso como si estuviéramos construyendo el camino, cada uno por su lado, cada una con su responsabilidad, cada cual con su alegría y su entusiasmo, pero juntos, aunque a ratos haya kilómetros en el medio, ¿será para ponerle salsa a la vida? Será digo yo… si todo fuera fácil, ¿dónde estaría la gracia? También nos aburriríamos, seguro.

Te pienso tranquila y feliz, consiguiendo las metas propuestas, porque todo es cuestión de tiempo, y perseverancia, por supuesto, sin perseverancia no hay victoria.

¿Empezamos el camino? ¡Empecemos! Aunque ahora que pienso… igual hace ya rato que empezamos casi sin darnos cuenta, y echando la vista atrás… ¡Qué maravilla! ¡Cuántos momentos compartidos! ¡Cuánta vida! ¿Has visto qué paisaje?

A veces no hace falta hablar, ¿verdad? Sobre todo a primera hora de la mañana, que tiene la mente que despertar, y, con los ojos abiertos, todavía merodean en torno a ella, los pensamientos que soñaste y que a veces no recuerdas.

¿Nos vamos de excursión? ¡Vamos a celebrar la vida! ¡Venga! Llena la mochila de ilusiones y permítete conocer nuevos parajes; echa a andar y no te detengas más que para apreciar la belleza que te envuelve cuando te dejas acariciar por Babia; sigue caminando y descubre que no hace tanto frío, aunque el termómetro indique lo contrario, habrá que fiarse más de las sensaciones y menos de los números.

¿Por qué? Porque el alma solo entiende de pasiones, y en San Emiliano, camino a Los Pinos, en tu compañía, con la damisela de Albares y el peluche más feliz, las preocupaciones desaparecen y la amistad se hace inolvidable.

Inolvidable como las miradas de la gente buena.

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Victoria

¡Cuánto te he luchado, tierra hermosa! 

Cuánto y de qué manera he dibujado tus siluetas en mis esperanzas y mis sueños, en los recuerdos de aquella infancia que tan grabada ha quedado en el alma, y en el cuerpo, con esos sabores y olores que han recorrido mis sensaciones. 

¡Cuánto te he querido, tierrina mía! ¡y cuánto te quiero, torcito de mi historia! Con esas figuras que tanto quise y tanto querré eternamente, con la manguera entre las manos, regando lechugas, berzas, patatas, ajos, cebollas,… y, a veces, el manzano, el guindo, el nogal,…

¡Qué ganas de volver a recorrerte y saberte mía! Quizá contra todo pronóstico, pero mía, muy mía, y sentir que las décadas no te han alejado de mí, ni de mis descubrimientos de niña curiosa, ni de mis aventuras cazando saltipajos, o alimentando topillos a biberón, ¿cómo olvidarlo?

Memoria, bendita memoria que me abrazas con  cariño y me recuerdas lo bueno y lo malo, descubriéndome valiente, serena y feliz, satisfecha en los silencios que pueblan de ausencias mis escritos, cuando la vida arrasa con sus prisas, y la mente necesita un descanso. 

Tregua, una y mil treguas, porque la guerra desaparece, se diluye la lucha, y la barbarie se difumina como lo hace la niebla entre los rayos del sol.

Y esta noche, las estrellas brillan con la magia que adorna tus noches, y mañana, el sol vuelve a aparecer en un mundo cubierto de frescura otoñal… porque eres León, y en tus colores, en tu geografía, se dibuja mi sonrisa cuando el nombre de Cifuentes, aparece junto a Rueda

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El pueblo

Cositas del otoño en Villacidayo, León. Ribera del Esla.

Todo es posible

Paisajes llenos de colores, de inmensidad de pequeños colores que marcan grandes diferencias, de moras y setas a los pies de los chopos, de atardeceres pintados de amalgamas de sensaciones, de hojas marrones, ocres, amarillas, naranjas, de rayos de sol acariciando suavemente la brisa que recorre senderos, que llevan a las eras y los campos…

Hoy me vuelvo a sentar aquí, mientras camino por allí, y recuerdo, como si fuera ayer, a unas cuantas almas bailando, jugando, hablando, qué sé yo, descubriendo cosas nuevas a la vera de caño, en el trinquete, nuestro punto de encuentro, ¿verdad?

Hacía mucho que no recordaba esas caras dibujadas en mi memoria, y las envidias de algunas que querían ser reinas y no tenían ni corona ni súbditos que las agasajaran, y aquellas primeras rumbas, aprendiendo a acompasar pies y miradas, y los cotilleos de aquí y allá…

Hacía mucho que no pensaba en la de Asturias y los de Valencia, la de Valladolid, la vasca, los catalanes, las madrileñas, y los leoneses, que también los había, y los hay, claro está; y pensando y recordando, se dibujan sonrisas en mi cara, y me vuelve a apetecer coger la bici y desaparecer camino a Valdealiso, o camino a Nava, y a veces, ir hasta Gradefes como hacían los paisanos para ir a la farmacia.

Los pueblos, esos pueblos que te van encandilando desde no sabes cuándo, con olores a la comida de abuela, y a los primos que ves muy de vez en cuando, con esas sobremesas que se hacen eternas bajo el sol abrasador del verano, y con esas lágrimas que te mojan por dentro cuando tienes que marchar, y no quieres, porque, en el fondo, no quieres marchar.

Y no marchas, porque vuelves sin haberte ido, y sigues siendo la nieta de tal o el nieto de cual, la de fulanito o el de menganita, y te sigues sabiendo de allí, de tu pueblo, de Casasola o de Rueda, de Mellanzos, Valduvieco, Villarratel, o de Villanófar, Villacidayo, Carbajal, Sahechores, Cubillas

Y sí, cada uno de ellos es algo tuyo, porque salpican el paisaje que envuelve tu pueblo, o el mío, o el de los dos, que en mi corazón, en mis pupilas, en lo profundo de mi ser, siempre será el lugar donde el cielo está más cerca de cuerpo, y del alma.

Cifuentes, mi Cifuentes de Rueda, en León, claro, ¿dónde si no?

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Te veo

                                                           Trocitos de ti

Te veo, sin verte de una manera tangible, pero te veo, ¿quién ha dicho que el alma no puede ver? Pues así te veo yo, con los ojos del alma, y del corazón, aunque muchos no te puedan ver… 

Te siento, en el brillo de las montañas, y en esa mirada amiga, casi hermana, que tanto te echa de menos, tanto… 

Noto, sé que estás ahí, cuando una tarde de mediados de agosto, antes que las perseidas empiecen a atravesar la negritud con más fuerza que de costumbre, damos un paseo junto a la carretera, y sopla, suave, un viento cargado de caricias silenciosas, y sonrío porque te llevo dentro, y fuera, en cada poro de la piel, y me siento fuerte, y valiente, con un toque de locura, como no podía ser de otra manera, claro, contando aventuras y desventuras de una vida tan intensa, que a veces, parece mentira que sea real. 

Camino, tranquilamente, como si no faltaran horas para volver a emprender ese mismo camino que me separa y me une a ti, obviando que cada vez me cuesta más alejarme de los silencios que pueblan de tranquilidad los campos al son de las cigarras, y es que… soy tan feliz…

Caminando, escuchando la voz de un corazón, alzarse tranquila entre sinceridades escondidas y dolores atravesados, en un mundo en el que el sosiego da una tregua a las angustias y las responsabilidades, en un lugar donde siempre están confundidos los sentimientos con el paisaje, ese paisaje que riegan el Esla, el Órbigo, el Bernesga,…

Pero el Esla que desciende desde Maraña y se pasea por los dominios del señorío de Rueda… Y así Cifuentes mira desde el otro lado a Quintanas, y siguiendo la senda más transitada, más arriba, camino a las montañas, contemplando a Peñacorada, se dibujan las calles y los tejados de Cubillas.

Te veo.

Te veo, te siento, noto en el estrellado de las noches esa infinidad eterna que dibuja sonrisas hechas brillo, y mientras haya cielo, campos, luna y río, seguirá habiendo amistades y amores que pueden con la más lejana frontera, ¿verdad compañero? Verdad compañera, y Cubillas, siempre será Cubillas de Rueda,… 

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Hazañas acompañadas

Mi mágico León: castillo de Villapadierna. León.

Escudriñando ilusiones

Pasar por la carretera camino a Cistierna, y de pronto, sin esperarlo, mirando por la ventanilla, aparece la silueta de la torre de un castillo.

-“Tengo que ir”-, ir y caminar por lo que en otro tiempo fue una fortaleza inmersa en el siglo XV, y descubrir las estancias polvorientas y soleadas que a día de hoy se divisan haciendo uso de la imaginación.

Caminar por los senderos de los buenos ratos,  y encontrar esa luna brillante, callada, sonriente, contemplando tus hazañas aventureras, y aunque parezca que estás solo, no lo estás, porque siempre hay un corazón pensando en ti, cuidando de ti, con su cariño tranquilo y sincero; y a veces más de uno, o de dos, quién sabe.

Pasear ajeno a las prisas y los quehaceres cotidianos, donde solo la brisa que sopla Peñacorada te apura con esa frescura que a veces eriza la piel.

Pasear y meterte por donde nadie se mete, o casi nadie, porque siempre hay otro loco, otra loca, con la misma idea descabellada… ¿sintonía? ¿conexión? Será que las cosas no son tan difíciles como nos empeñamos en pensar, igual simplemente se trata de fluir, de dejarse llevar y salir de lo seguro para conquistar nuevos territorios.

Y mientras paseas y te planteas y replanteas lo que dudas y sabes, el astro rey empieza a retirarse hasta un nuevo amanecer; un amanecer, desde el que volver a iluminar, las tierras de Villapadierna.

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