Archive for mayo, 2010

De sol y de nieve

Al norte de la provincia de León, en la comarca de Babia, está el pantano de Luna, y junto a él, el pueblo de Abelgas de Luna. En León.

En la luna terrestre

La luna… ¡qué magica es la luna! con ese poder hipnótico que te hace contemplarla y sentir ese algo místico y misterioso, la luna…

Una luna que a veces se ve de día, aunque suele ser la reina de las noches ceslestiales, y, a veces, la luna, se escurre en la distancia que la separa de la Tierra y se cuela en alguna región, dando apellido a muchos.

En un valle, aislada en un mundo rodeado de montañas, está la vida de un pueblo con apellido lunar, aunque tenga más de sol y de nieve, y se diferencie de sus vecinos con su propia historia particular.

Una carretera de asfalto maltrecho rodeando un mar que la naturaleza no inventó,  un desvío, y en él, la señal certera de que al final de su senda hay alguien esperando.

En un valle rodeado de montañas y nieve cuando el verano se aleja, está aquel pueblo con río propio, el mismo río que le bautizó, dándole un nombre, el suyo: Abelgas.

En un valle del norte de León, donde estar en la Luna a un paso de Babia, teniendo los pies sobre la tierra es muy fácil, está Abelgas, y en él, olvidarse de la ciudad, de las prisas y las obligaciones, se convierte casi en obligación, admirando el tamaño hermoso de unas montañas que lo han protegido del abuso y la desidia de quienes deciden inundar valles llenos de historia, vida y amor.

Cuando de descubrir tranquilidad y belleza se trata, viajar por los rincones de la geografía se convierte en todo un placer.

Cuando de soñar con los ojos abiertos se trata, sumergirse en las profundidades de una provincia llena de magia y tradición, es toda una aventura.

Y cuando de entender mucha de la historia española se trata, encontrar el lugar del que partieron hombres hacia América y Filipinas, extendiendo el nombre del pueblo más allá de las fronteras peninsulares, es todo un acontecimiento.

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Entre montañas, hórreos y vacas

En el norte de la provincia de León, muy cerca de la frontera con Asturias, está Torrebarrio, y en él, la naturaleza se relaja regalando belleza sin fin. Babia. León.

Doña vaca disfrutando de un paseo

  

¿Alguna vez te has preguntado qué pensarán los animales? Me encantaría saberlo…    

Ellos viven en su mundo, ajenos a las ambiciones humanas, a la riqueza y el poder, viven una vida tranquila, sin prisas ni preocupaciones antes de tiempo, y pienso… que quizá debiéramos aprender.    

Ya sé que suena extraño pero… ¿y si las montañas hablaran? ¿qué dirían? no estoy segura, pero probablemente contemplarían nuestras idas y venidas y sentenciarían que estamos todos un poco locos, que en lugar de encerrarnos en la tristeza cuando las cosas no son como quisiéramos, deberíamos salir a pasear, hacer un hueco en nuestra vida para nosotros mismos y respirar aire puro, el mismo aire que respiran los animales allá donde ellas construyen el paisaje.    

Montañas, animales, y hórreos:  yo conozco un lugar plagado de esos tres elementos.    

En el norte de la provincia de León hay un mucho de todo, de montañas, de animales, de hórreos y de tranquilidad… de paz…    

Estoy pensando en todo esto que te cuento y sonrío… ¿cómo no? y es que no entiendo mucho cómo a veces no descubrimos que la mejor medicina para un alma cansada es contemplar la Creación, el mundo tangible que habla sin palabras de aquello que no es tangible y que la mayoría intuímos sin tener muy claro qué forma, color o nombre otorgarle.    

Cuando la modernidad, la costumbre y la naturaleza se relacionan, aparecen cosas muy curiosas. Curiosas como un hórreo bajo el que se resguarda un coche, como un avión volando junto a las montañas o como una vaca caminando por el asfalto, ajena al coche que va tras de ella, y en el que voy yo.    

Cuida mucho de este mundo para que, cuando lleguen los que amarás con todo tu ser, puedan disfrutar de las mismas maravillas que disfrutas tú.

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Y paseé…

Mi mágico León: al norte de la provincia de León, muy cerca de Asturias, está Cubillas de Arbas y en las proximidades, el Pantano de Casares

El mar de las serenatas nocturnas

  

Era una noche de primavera, estaba en la montaña, y para mi sorpresa, no hacía frío.   
 
No hacía frío, tampoco calor, quizá una pizca de fresquillo, sí, el suficiente fresco para recordar que los héroes son fuertes y soportan los inviernos cargados de nieve y que las princesas prefieren la llegada de la primavera y los calientes rayos del sol… pero era de noche.    
 
Era una noche de primavera y envuelto en el sonido amable de los grillos al cantar su serenata nocturna, estaba un pueblo y yo en él.    
 
Era una noche de primavera, y las ranas croaban en un pequeño mar, no muy lejos de allí… 
 
Era una noche de primavera ¡tan bonita! bonita como las cascadas que vi aquella tarde en Torrestío, o como aquel rebeco que daba sus primeros pasos; una noche preciosa y tranquila… no se oía nada… bueno, sí, sí se oía. Se oía el ruido sordo de la naturaleza envolviendo con su historia las leyendas de los antiguos astures que moraron aquellas tierras, se oía la sensación de estar a gusto, se notaba la sonrisa y la impresión de que aquel simple paseo en soledad compartida, era algo importante.   
 
Era una noche tranquila, y en la tranquilidad curiosa de aquella situación, observaba los detalles que se desparramaban en las ventanas y las puertas, algunas eran tan pequeñas… y era todo de piedra, de una piedra esculpida por el hombre y el tiempo, por el frío y el calor.    
 
Era una noche sencilla, como tantas otras, quizá… pero aquella noche era diferente.    
 
Diferente porque estaba en la montaña, en un pueblín escondido en un valle, alejado de la polución y el mundanal ruido, alejado de las preocupaciones y los dolores del alma… y salí a pasear, lo recorrí, y como dice la canción “paseé por mi mente y encontré aquel rincón que te dejé, donde guardo los momentos que no olvidé jamás”.    
 
Creía estar sola y acompañada, es una sensación interesante, ¿te la describo? no… mejor no, es mejor que la descubras tú misma, o tú mismo, aunque seguro que ya la conoces y… ¿sabes qué? ¡No estaba sola!    
 
Había estado paseando y descubriendo que, más allá del restaurante, había gente, personas ocultas en las casas que, sin saberlo, habían tenido la gentileza de prestarme un ratito su pueblo y dejar que yo misma descubriera sus rinconcillos y… ¡me encantó!    
 
Me encantó Cubillas de Arbas, me encantó recorrerlo y descubrirlo, me encantó sentirme tan cerca del infinito sin moverme de la Tierra, me encantó lo que vi con los ojos del alma y los del cuerpo, me encantó lo que sentí; así que si la vida me concede la ocasión, ¡volveré!

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En restauración

Mi mágico León: Prada de la Sierra en la comarca de La Maragatería, en la provincia de León

El tesoro escondido al aire libre

  

No todos los días son iguales, ni las noches idénticas; no son exactas las vivencias ni exactos los mismos pensamientos que de vez en cuando asaltan la mente de unos y otros, pero a veces, aunque la realidad parezca no  haber cambiado demasiado, uno se siente triste sin saber muy bien porqué, o tal vez sabiéndolo, pero sin querer pensar demasiado en ello…      

Todos tenemos esos días en los que el sol luce y parece que su brillo no es el de otros días, todos tenemos días en los que recordamos tristezas y deseamos profundamente encontrar aquello que anhelamos, o recuperar lo que perdimos, pero todo parece tan difícil, todo parece tan imposible, ¿verdad?      

Hoy te voy a contar algo:      

No hace demasiado tiempo hablaba yo con una muchacha vestida de maragata, aunque lleve vaqueros y camiseta, o se vista con un traje de gitana; no hace mucho tiempo, hablaba con una chiquilla con alma maragata y corazón andaluz, curiosa combinación, ¿verdad? Curiosa y no tanto, porque leyendo las líneas de la historia de León encontramos a los religiosos mozárabes del siglo X que dejaron atrás el antiguo Al-landalus para instalarse en las cercanías del río Esla, en San Miguel de Escalada; y dibujando una sonrisa, la historia nos vuelve a hablar de un tal Guzmán el Bueno, que repobló las tierras de la actual Cádiz con gentes procedentes de León allá por el siglo XIII.      

No hace demasiado tiempo, comprendí que todos somos de muchos sitios, aunque siempre hay uno que nos roba el corazón y se funde en lo más profundo del ser llegando a formar parte de nosotros mismos.      

No hace demasiado tiempo, descubrí algo agradable, original, fantástico, ¿te lo cuento?      

En un lugar de la Maragatería, escondido al aire libre, olvidado en el tiempo e ignorado por tantos, había un sitio con un nombre muy bonito. Era un nombre elegante, en femenino, con ese toque coqueto que le da el apellido a todo pueblo de noble estirpe…   

Hace muy poquito descubrí que en la Sierra… había un riachuelo, y siguiendo el riachuelo, un pueblo.     

Un día, aquella niña grande salió a pasear con sus cuñados, y ¿qué descubrió? descubrió un tesoro, un tesoro que alguien enterró en el olvido y mucho tiempo después otro descubrió como si se tratara de un cofre repleto de oro que algún pirata escondió en las playas de una lejana isla… pero no, aquello era tan real como el aire que respiras o el viento que mece las ramas de los árboles, como las estrellas que decoran el firmamento por las noches y las flores que renacen cada primavera.      

Cuando la infanta de nuestra historia encontró aquel tesoro no lo podía creer, ¡cuánta riqueza! ¡cuánta belleza! ¡qué antigüedad! y la alegría se hizo más grande cuando vio aquel cartel que decía: “Restauración”…      

¿Restauración? Sí, porque el mundo está de enhorabuena, Prada de la Sierra está en restauración.      

Aunque lo parezca, no siempre las cosas se pierden, a veces, a alguien se le ocurre la genial idea de recuperar lo que nunca debió perderse, y se obra el milagro, por eso, hoy estamos contentos, aunque el sol parezca que no brilla para nosotros o que las estrellas están más lejos que otras veces.      

Hoy estoy contenta, y si tú no lo estás, ¿a qué esperas? ¡vamos! que cada vez que sonríes se borra una tristeza y se ilumina una esperanza.

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Una Atlántida leonesa

Lagüelles, asomando cuando el pantano de Luna baja el nivel de las aguas baja. León.

La Atlántida al descubierto

Una carretera llena de curvas, y el paisaje que la rodea va cambiando su fisonomía con una gran rapidez, con una rapidez tan grande, que sin saber cómo, de pronto ya no estás en la ciudad y el verde llena la espesura de las montañas en diferentes formas y tonalidades mientras un río, no muy lejos de allí, decora el ambiente con su alegre cantar, corriendo, sin cesar, desde la montaña que lo vio nacer.     

Una carretera llena de curvas, y a su paso, los pueblos se diseminan a lo largo de diferentes desvíos que anuncian, con un cartel, que no andan muy lejos de allí, y continúa serpenteante el camino de asfalto, y de pronto, tras las montañas, descolocado y fuera de lugar, un mar cubriendo el valle…      

Impresiona, aquel inmenso lago impresiona siendo el espejo en el que se miran las montañas, ¡qué belleza!… y cuando más embelesada estaba contemplando la belleza irreal de aquel mar de agua dulce, me sobrevino un profundo sabor amargo al descubrir, entre las aguas, la imagen nítida y sobreviviente de una iglesia, cuya espadaña asomaba entre la imnensidad acuática que inundaba la mayor  parte de su edificio.      

-“¿Aquello es una iglesia?”- pregunté en voz alta; y la respuesta fue afirmativa… Es una iglesia porque bajo las aguas de este pantano yacen las casas que antaño fueron habitadas y las iglesias en las que las gentes rezaron al Dios del cielo y la tierra.      

Bajo las aguas del pantano de Luna yacen varios pueblos escondidos bajo la superficie, que convierten su lecho, en una Atlántida leonesa que a muchos ha dado sustento y a otros tantos ha dado lágrimas.      

Bajo las aguas de aquel pantano, descansan quince pueblos a los que vayan estas líneas en forma de homenaje.     

Por los que vivieron en ellos, por los que todavía los recuerdan con sus calles y sus rincones, y por los que siempre soñaremos con volverlos a ver como la tradición los hizo: vivos y reales.

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La frontera sin límite

Al norte de la provincia de León: Babia, y en ella: Torrestío. Algo más al norte, los lagos de Saliencia, en territorio de Asturias.

Las fronteras sin límite de la primavera

Cuando la primavera se afianzaba y los rebecos caminaban entre el verdor de los montes, hice un viaje a la Badabia real, ¿o tal vez era la Badabia mítica? no lo sé…

Allá donde las fronteras se funden entre el pasado y el presente, allá donde los límites los marca un cartel ajeno a una realidad que se impone sobre papeles firmados en algún despacho de un lugar extraño, está la historia de mil amores e invasiones, de mil caminos y excursiones…

Cuando la primavera se afianzaba y la nieve era ya sólo un recuerdo en forma de rescoldo de lo que el largo y duro invierno había dejado a su paso… llegué a Torrestío, y desde allí, caminé montaña arriba, y vi vacas y caballos, ¡y estaban tan tranquilos! y vi mastines ¡y qué mastines! grandes, muy grandes, y quedé sorprendida…

Cuando la primavera se afianzaba, caminé y descubrí, canté y conversé, y salieron a mi encuentro flores de mil colores y formas, insectos de diferentes tamaños, y hasta el agua quiso decirme  -“¡Hola!, ¡Bienvenida! Te estábamos esperando…”-, en cada uno de los arroyos y ríos que se cruzaron en mi camino, y… ¿sabes qué? Me sorprendí.

Cometí una de esas locuras que te mantiene joven por siempre, y con ropa de deporte y una mochila, jugué a ser niña, y descubrí que aún soy ágil, y puedo caminar sobre las piedras, y… ¿sabes qué? hasta truchas vi, ranas y sapos encontré, y hasta un pequeño rebeco, muy pequeño, me regaló una brizna de alegría con su presencia inocente y feliz, y junto a él, una madre cautelosa y paciente, acompañando los primeros pasos de su retoño.

Cuando la primavera se afianzaba y el verano ya se intuía, entendí porqué los reyes de León se olvidaban del mundo y sus males en aquel rincón del planeta, y no sé si pensé o sólo sentí que aquel maravilloso lugar ya formaba parte de mi historia, ya formaba parte de mí.

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Los enamorados

Mi mágico León: Peña Ubiña en primavera, en Babia, provincia de León. Muy cerca de Asturias.

La dama reina de Babia

Hace muy poco, conocí la historia de dos enamorados…

Dos enamorados, enamorados como otros tantos, de esos que se miran a los ojos y sonríen sin pronunciar palabra alguna.

Hace muy poco soñé con los ojos abiertos, y mientras soñaba pensaba que todo está bien y que las estaciones cambian el paisaje sin cambiarlo, porque cada nueva primavera renace la esperanza en forma de plantas que alimentan el aire, alimentan a los animales, alimentan al ser humano…

Hace muy poco, conocí la historia de un amor:

Había una vez  una dama discreta y sencilla, una dama convertida en reina sin haberlo pedido, una dama hermosa y altiva, elegante y fría,… y en el silencio de su frialdad aparentemente indiferente, latía una pasión intensa… Intensa como el sol de aquella tarde en la que soñé despierta.

Había una vez una dama y había un caballero.

Un caballero a la antigua usanza, de aquellos de malla metálica y corazón de oro, de aquellos que envainan espadas para luchar contra dragones, aunque algunos digan que no existen…

Había una vez un caballero y había una dama, y ambos, desde su distanciada cercanía, no hacían más que mirarse y sonreirse, amarse, sin pronunciar palabra alguna…

Había una vez una dama y había un caballero, y eran ¡tan felices! que al mirarles tan sólo podía sentir ese anhelo que inunda los corazones de quienes esperan su turno para encontrar el paraíso.

Hace muy poco conocí al caballero de las cruzadas astures y a la reina de las leyendas milenarias, y al contemplar la magia de aquel amor, supe que, por más que pasaran años, Peña Ubiña siempre le sería fiel, y por más que pasaran años, él siempre la amaría.

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